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La profecía autocumplida: proyecta en positivo

profecía autocumplida

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¿Qué es la profecía autocumplida o el efecto pigmalión?

Primero veamos el origen del efecto Pigmalión. Cuenta la leyenda que un rey de Chipre buscaba enamorarse, pero ninguna mujer le parecía perfecta.  El escultor Pigmalión, decidió realizar una escultura de marfil a la que llamaría Galatea. Tal fue el amor que este rey le profesó por su perfección, que pidió a Venus que la convirtiese en una mujer de verdad. Con este mito queda reflejado que tanto quiso creer que la escultura estaba viva que finalmente consiguió que así fuese.

Seguro que ahora mismo tienes creencias sobre ti que ya se han hecho realidad. Esas creencias se han formado a través de lo que has escuchado sobre ti, casi siempre en la infancia. Eso que has escuchado, te lo has creído y lo has hecho realidad y al hacerlo realidad, has provocado que los demás también se lo crean. Eso es lo que se llama el efecto Pigmalión o la profecía autocumplida.

Las expectativas y creencias de una persona hacia sí misma o hacia otras, influyen directamente en su rendimiento y resultado final.

Este fenómeno se traduce en una predicción que, al ser formulada, en en sí misma la causa de que, lo que predice, se haga realidad. ¿Habéis oído aquello de que «tú creas tu propias realidad» o lo de que «lo que crees, creas»? No son frases hechas.

Para las mentes más racionales, conviene aclarar que no hablamos de un efecto por el que los pensamientos, por arte de magia, se convierten en realidad. Es un efecto psicológico que influye directamente en nuestras acciones y en las de los demás y que, por tanto, termina abocando al resultado predicho.

«Tanto si crees que puedes hacerlo, como si crees que no puedes hacerlo, en ambos casos llevas razón». Henry Ford

Si hacemos un balance de aquellas personas que han formado parte de nuestras vidas y cómo sus creencias sobre quiénes o cómo somos nos han afectado, e incluso la percepción que ellos tenían acerca de nuestras capacidades, nos daremos cuenta que el efecto Pigmalión puede tener tanto repercusiones positivas como negativas en nosotros.

¿Cuántas veces, antes de tomar una decisión importante, has pronunciado las palabras «y si…»? Seguramente, casi todas. Y, en el 99% de los casos, apostamos que el final de la pregunta, no era precisamente esperanzador.

Habitualmente, antes de lanzarnos a nuevos pasos, solemos plantearnos mentalmente una gran batería de ‘ysis’ en negativo. ¿Y si sale mal? ¿Y si me equivoco? ¿Y si me arrepiento? ¿Y si lo pierdo todo? ¿Y si nadie lo entiende? ¿Y si me quedo solo/a? ¿Y si me arruino? ¿Y si me caigo? ¿Y si decepciono a los míos? ¿Y si no valgo para ‘eso’? ¿Y si me despiden? ¿Y si…?

Los ‘ysis’ únicamente deberían de sernos de utilidad para hacernos nuestra propia caja de planes B, de caminos alternativos para llegar a nuestro objetivo. Ponerse en lo peor debería ser una herramienta de previsión, aceptando los resultados a priori no deseados como parte del juego, y no un motivo de bloqueo. Desafortunadamente, siempre terminan haciendo el segundo efecto.

Y así, con cada ‘ysi’ negativo, proyectado por todos nuestros miedos y creencias limitantes sobre nosotros mismos, construidas en base a la experiencia o a lo que nos han dicho, vamos sumando un nuevo ladrillo de un muro que nos aleja de esos pasos que, en el fondo, quisiéramos dar. Vamos construyendo las paredes de nuestra zona de confort, de nuestra jaula, de ese lugar en el que, aparentemente, nos sentimos seguros, a salvo, pero en el fondo vacíos y frustrados.

En otras ocasiones, nos saltamos el paso de la duda, y directamente proyectamos sentencias negativas: me va a salir mal, no voy a saber hacerlo, me voy a equivocar, me voy a arrepentir, me voy a quedar solo/a…

Tanto unas como otras son el paralizador más poderoso que existe para crecer, avanzar y alcanzar nuestros objetivos y sueños. 

Un ejemplo de cómo actúa el efecto Pigmalión 

En el trabajo me proponen un nuevo proyecto, muy retador, que me saca totalmente de mi zona de confort profesional y que me enfrenta a cosas totalmente nuevas y desconocidas para mí. Acepto, porque ¿cómo voy a decir que no?, pero empiezo a proyectar todos mis miedos y creencias limitantes. No voy a saber hacerlo, no voy a estar a la altura, me va a salir mal, voy a hacer el ridículo, se van a arrepentir de habérmelo encargado a mí…

Esas proyecciones, influirán directamente en cómo afrontaré el reto: lleno de inseguridades y miedos, no dejándome fluir por si me equivoco, intentando imitar a otros que tuvieron éxito en lugar de confiando en mi propio potencial, buscando supervisión y aprobación en cada paso… Los demás, consecuentemente, percibirán todos esos bloqueos e inseguridades, y empezarán a dudar de mí y a mostrar reticencia a la idea de que realmente sea capaz de hacerlo bien.

Al percibir en su comportamiento y/o palabras su reticencia y sus dudas sobre mí, eso afectará aún más negativamente a mi rendimiento, por lo que, finalmente el resultado se verá abocado a no salir bien. Y en ese momento, mi proyección se cumplirá. «¿Lo ves? Si ya sabías que no ibas a saber hacerlo bien…», será la autosentencia final.

Dando la vuelta al ejemplo

Pero imaginemos que, cogiendo ese mismo ejemplo, cuando recibes la propuesta del nuevo proyecto, y aunque sabes que tendrás que enfrentarte a cosas completamente nuevas y desconocidas, decides afrontarlo desde la certeza de que, no sabes muy bien cómo aún, pero vas a ser plenamente capaz de hacerlo, y de hacerlo muy bien. Y además llenas tu mente de ‘ysis’ positivos: ¿Y si este es el proyecto que me lleva al ascenso? ¿Y si descubro que realmente soy muy bueno en eso? ¿Y si me sale genial y me dan nuevas responsabilidades? ¿Y si al fin mis responsables se dan cuenta de mi gran potencial?

En ese caso, afrontarás ese proyecto lleno de motivación y creatividad. Querrás, por todos los medios, que alguna o todas esas proyecciones se conviertan en realidad, y ejecutarás todas tus acciones y decisiones desde ahí. Trabajarás con seguridad y confianza, aceptando el error como parte del aprendizaje, y buscando siempre nuevas formas de conseguir un buen resultado.

Los demás percibirán esa seguridad, esa capacidad de reinventar, de crear, de aprender. Esta vez, con su comportamiento y/o con sus palabras, mostrarán su confianza, admiración y respeto, y fomentarán aún más tu determinación, tu confianza, tu creencia de que puedes hacerlo bien. Y, consecuentemente, el resultado final irá acorde con todo esto. Entonces, en tu cabeza, sonará una voz victoriosa que te dirá «¿Ves como podías hacerlo?».

¿Cómo evitar ser víctimas de la profecía autocumplida?

Como hemos visto en ese ejemplo, somos los responsables más directos de que nuestras proyecciones, en uno u otro sentido, se hagan realidad. Por tanto, ¿por qué no cambiar siempre el final de nuestros ‘ysis’? ¿por qué no proyectar siempre en positivo? Es un cambio de chip más fácil de decir que de implementar, ya que estamos demasiado acostumbrados a proyectar nuestros miedos. Pero, haciéndonos más conscientes del poder que tienen nuestros pensamientos, y entrenando cada día nuestra consciencia y nuestra gestión mental y emocional, podemos llegar a cambiar el paradigma que pilota nuestras vidas y, por tanto, los resultados que obtenemos. En todos los ámbitos.

Este es tu reto a partir de hoy. Siempre que salte el piloto automático con los ´ysis´ negativos, trabaja conscientemente en rebatirlos con lo mejor que podría pasar. Actúa y decide desde la confianza en que el resultado será positivo y así será. 

¡OJO! Con los demás, funciona exactamente igual (efecto Pigmalión). Por lo que así como debemos cuidar mucho lo que pensamos y proyectamos sobre nosotros mismos, hemos de cuidar en igual medida las creencias y expectativas que proyectamos sobre los demás (hijos, pareja, amigos, alumnos, colaboradores, compañeros…)
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Agustin Piedrabuena

Coach certificado MCC por ICF Managing Director de Innerkey y Director de la Escuela Transpersonal de Coaching

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